En medio de la ciudad una mujer boliviana produce lana de forma tradicional, tal cual aprendió de su madre, en su país natal. Esquila ovejas manualmente, tiñe, hila y teje todo tipo de prendas que luego vende. Desde Calchani a Rosario, la historia de una emprendedora con todas las letras. Mirá en el video cómo trabaja.
Las manos de Roberta se movían rápidamente esa mañana de diciembre. Su cuerpo pequeño pero robusto le ponía los puntos a la oveja que aunque atadas sus patas, lograba dar movimientos eléctricos de resistencia. No quería perder las mañas entre tanto tijeretazo que la convertía en un animal desnudo. Como si fuera su Bolivia natal, esta mujer de 29 años y rasgos indígenas esquila ovejas y llamas en plena ciudad de Rosario. Con lo que obtiene hace lana, la teje y la transforma en chalecos, sombreritos, medias, saltos de cama y ponchos de todo tipo que intenta vender para sumar un ingreso a su casa.
Valencia es el apellido de su familia radicada en Calchani, un pequeño pueblo del departamento de Cochabamba, Bolivia. Hace más de 20 años atrás, Roberta aprendió allí, de su propia madre, el arte de producir lana. “Yo aprendí a hacer esto a los 6 años. En el pueblito teníamos ovejas y esquilábamos, hilábamos y después hacíamos las prendas”, recordó en contacto con Rosario3.com. “No llegaba el auto, no teníamos luz ni agua potable, era un lugar alejado y no podíamos ir al centro a hacer las compras entonces hacíamos las cosas y las usábamos”, precisó...
Ese fue el primer paso que dio para concretar lo que hoy es su propio emprendimiento en el que fabrica la lana y la teje. Incluso, cosecha en su propia casa las hortalizas, frutas y flores con las que tiñe el hilo. Además, empezó a brindar ella misma los talleres de hilado municipales y así trasmitió a otros sus saberes ancestrales.
“Yo empiezo desde la esquila, lavo, cardo, hilo y termino en prenda. Puedo hacer polainas, medias, gorritos, camperitas, chalecos y chales. Los vendo entre las chicas, voy al taller y si alguna de las chicas les gusta ellas me compran y también vendo entre la gente de Agricultura Urbana, de ese lado también vendo, a través de la huerta que tengo en el Bosque de los Constituyentes”, manifestó.
El hilado puede realizarse con la rueca o el huso. La primera es una alternativa para hilos más gruesos para lo cual, se sienta y con un pie le da movimiento al dispositivo. Es como si hiciera magia cada vez que toca el pedal. Para darle un espesor aún más fino, toma el huso de madera que manipula con una rapidez increíble, sin darle tiempo a los ojos que buscan entender cómo funciona la cosa, cómo es que lo que antes era un despeluchado tramo, es ahora una suave madeja.
Luego, teje. Lo hace a dos agujas. “Algunas me las hizo mi marido con rayos de bicicleta”, sorprendió una vez más en medio de una sonrisa que le deja ver la dentadura blanquísima. Y así, Roberta se predispone a encadenar la lana y darle una nueva entidad, con una paz única, traída desde tan lejos.
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